La bolsa del pescado, 101 cosas que Marc odia y Al completa.

Sigo buscando, con la seguridad de un sonámbulo, y la certeza de Colón una pescadería en la que hagan entrega del género adquirido sin haber impregnado de olor a pescado la bolsa que lo contiene. He frecuentado pescaderías de todo tipo: japonesas, chinas y hasta una libanesa donde además del pescado me vendían meros con granadas en sus adentros. De todas maneras, la que más esperanza me dio fue la que la sobrina de Uri Gueller tiene en Praga, donde quisieron engañarme muchas veces haciéndome creer que transportaban los pedazos de pescado y otros manjares del mar del norte de manera telepática a su respectiva bolsa.

Me repugna el pestazo que se filtra en los poros de las manos y del cual no hay manera humana de desprenderse. Es algo así como prolongar el hecho de haber cocinado, comprado o haber estado en contacto con tan divino manjar pero con tan horripilante hedor. Este es el motivo por el cual dejé de comprarlo, exceptuando el bacalao envasado al vacío, o mis visitas continuas a Joan, mi pescadero de confianza al cual transijo todo dado su exquisito gusto por la cocina y su inexplicable sentido del humor.

Es curioso que todavía no se haya encontrado solución a tan engorroso problema. Porque es un problema de inmenso, el hecho que: aunque tu no estés en contacto con el “corpus delicti” este acabe impregnando todas y cada una de las partes de tu tiempo y tu piel. Personalmente he intentado siempre contribuir a ello tomando precauciones elementales tales como

  • asir la bolsa con el dedo meñique- lo cual acaba siempre con calambres-,
  • ir a comprar con guantes de latex, lo cual siempre provoca tres reacciones extrañas:
  1. Este tipo es un serial killer y yo soy la próxima
  2. Este tipo es un ginecólogo y la siguiente soy yo (típica reacción de las que leen la sombras Grey.
  3. Pobre tío, es un maniático.

  • suplicar que depositen el producto con su envoltorio dentro de la bolsa sin tocar las asas- misión imposible- excepto en tan extraña pescadería de Praga,
  • o bien pedir que lo depositen directamente en mi bolsa o carro de la compra, lo cual empeora la situación ya que contamina a los demás alimentos, o si se da el caso de que el pescadero es un basquetbolista frustrado, mis manjares marítimos acaban o en el suelo o en la jeta de cualquier iaia del rost.

(afortunadamente a mi pescadero le va el futbol)

Si a ello le sumamos el sempiterno y despreciable vicio de los/as dependientes/as de tomar café con leche en vaso de vidrio manchado de escamas el resultado es que ya no me veo capaz de acudir a una pescadería sin practicar apnea y/o chupar un caramelo con sabor ultra fuerte, ni puedo dicho sea de paso tomarme un triste café en ninguna de las cafeterías que estén a lo mínimo un kilómetro de distancia del negocio.

Y ya no digamos- no voy a entrar a extenderme en ello puesto que merecería otro epígrafe- lo que opino sobre la manipulación del mismo, limpieza de escamas (que inevitablemente se esparcen por toda la cocina), extracción de vísceras etc.

Pero lo que más me repele, ya para finalizar, es la generalizada costumbre del aprovechamiento de las cabezas, sirviendo así, una vez cocinado, de una sola pieza todo el animal, estas ultimas de caldo para paelleras de domingo como yo.

Esta costumbre, amparada en la falsa creencia de que proporciona más sabor al plato, me produce náuseas.

Sí, más sabroso tal vez pero, y el decoro, dónde queda el decoro?

Sin más, en caso de que querais comprar pescado, sobretodo, pensad en los Pros (inmensos) y en alguno de los contras. (los que expongo).

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