Los eventos con refrigerios gratuitos, 101 cosas que Marc odia y Al completa

No acudo jamás a ningún lugar dónde se sirva nada de forma gratuita. Me parece obsceno, gorrero, triste y en general el hedor a sudor de la gente me provoca cierta repulsión, junto con la desconfianza de la pobre higiene que uno entrevé en ese tipo de actos y en los manjares que puedan servirse.

Me repugna ver a la multitud enardecida abriéndose paso a codazos hacia las barras libres para abalanzarse sobre los canapés, las tapas, los refrescos y demás bebidas que habitualmente se sirven en algunos actos públicos y celebraciones en general, y sobretodo me agobia el pensar lo manoseado que estará todo.

Hace largo tiempo que tengo totalmente prohibidos este tipo de eventos. Y, en caso de que asista y prevea que pueda alargarse siempre proveo a mi servicio que tenga disponible una fiambrera de uso individual para cuando los borborigmos sean inexcusables.

 

El fenómeno se manifiesta con especial crudeza en las inauguraciones de las exposiciones de arte, en las cuales, sin excepción alguna, a las aves de carroña que allí se congregan puntualmente les cambia el semblante cuándo los camareros empiezan a desfilar con las bandejas repletas de copas de cava, normalmente semi seco o salfumán, que viene a ser lo mismo, no en el color pero sí en su casi idéntica composición. En ese preciso instante pierden el norte por completo y desaparece ipso facto cualquier atisbo del pretendido interés artístico que les ha traído hasta allí, para obstinarse en acaparar el máximo de copas posible, por el simple hecho de que las regalan, y que en un noventa por ciento de los casos deslizarán en sus bolsillos para no devolverlas, pasando a engrosar su colección de cristaleria robada, no de Moravia.

En cuanto aparece la comida el asunto, si cabe, degenera, y lo que en un principio parece recrear una postal de la más cruda post guerra albanesa se transforma en otro escenario más propio del continente africano (como Gabón, Burundi o Sierra Leona) en el momento justo en que la ONU arroja sus víveres desde sus camiones abarrotados en los episodios de grandes catástrofes humanitarias, curiosamente la única labor que sabe desempeñar el citado estéril organismo internacional con algún rastro de diligencia y destreza (véase el ejemplo de Siria).

En este mismo apartado, no sería justo olvidar a aquellos que acuden en masa a los actos de protesta de ganaderos y/o campesinos- que en muestra de disconformidad con el precio de sus productos se desprenden de ellos- para pelearse por su litrillo de leche o por un triste puñado de manzanas (productos, dicho sea de paso, que pueden adquirir en cualquier comercio pagándolos sin problema alguno), o directamente robar en cualquier supermercado de alguna cadena. Por cierto invito a toda esa sarta de delincuentes ocasionales que en caso de hacerlo lo hagan en cadenas y no en pequeños comercios, y que en el caso de robar un tetra de leche no se los escondan en la zona púbica, por lo que pueda pasar.

Y es que no hay que confundir el término pobre con el término miserable puesto que los primeros carecen de dinero pero tienen dignidad y a los segundos les ocurre exactamente lo contrario.

 

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