Favores Familiares. 101 cosas que Marc odia y yo completo.

Todo empezó en casa de la que ahora es mi mujer- o mejor dicho, de mi santa mujer- cuando en el transcurso de una sobremesa de un domingo cualquiera del mes de agosto se produjo un atasco de narices en la pica de la cocina motivado, probablemente, por la falta de higiene, y me pidió que saliera a la calle urgentemente a la búsqueda de un producto desatascador, petición, huelga decirlo, que no me hizo ni pizca de gracia.

El incidente se produjo en los albores de la relación luego no me atreví a desternillarme de risa, como sin lugar a dudas haría ahora directamente, ante tan disparatada orden.

En aquella época no existían los benditos “chiringos” pakistaníes ni los “opencores” de turno así que la perspectiva de verme obligado a recorrer la ciudad en una calurosa tarde de domingo se me antojaba una de las peores faenas que podía imaginar, si exceptuamos, claro está, la de tenerme que tragar entera una ópera de Wagner (en especial cualquiera perteneciente a la soporífera tetralogía del Anillo de los Nibelungos, o sea las preferidas de los snobs).

Desde aquel acontecimiento, que me pareció una vejación en toda regla, tuve a bien apresurarme a poner a Dios por testigo de que nunca más accedería a brindar favores incómodos o impertinentes.

Así las cosas, cuando alguien de mi círculo cercano amenaza con mudarse o con tener que trajinar cualquier objeto que precise de ayuda de terceros de buena fe desconecto el teléfono, o me invento largas ausencias profesionales o personales, enfermedades, indisposiciones, lumbalgias o cualquier otro subterfugio al objeto de esquivar a todos aquellos que pretenden utilizarme como mano de obra gratuita como si fuese un puto amish. Y es que en este sentido la película “Único testigo”, en la que los forzudos miembros pelirrojos o rubio platino de la mencionada secta se reúnen al alba para construir un granero o algo similar en menos de doce horas tragando sin descanso zumo de limón natural (joder, menuda acidez!) hizo mucho daño, ya que despertó en un gran número de abusadores descerebrados un sentimiento de solidaridad basado en los logros y virtudes de las grandes gestas colectivas. En mi opinión, la amistad no debería conllevar este tipo de arduos tributos y ataduras y, en todo caso, no deberían ser de obligado cumplimiento.

Un miembro de mi familia política- cuya identidad preservaré- lleva años moviendo obstinadamente las ruinas de lo que otrora fue una barca, ahora totalmente inservible y desballestada, que pesa más de media tonelada, tocando los cojones a todo el personal en los momentos menos oportunos ya que debe coincidir con las horas bajas de tráfico rodado (siempre pensando en la comodidad de sus esclavos), solamente para satisfacer su caprichosa y malévola personalidad. Del parking a la playa, de la playa a otro parking y del otro parking al desguace o a Dios sabe dónde.

En otra reciente ocasión, una cuñada, también- debe de ser una cuestión genética- en una tediosa y depresiva tarde de domingo, valga la redundancia ya que todas lo son, me detuvo en plena calle y me pidió que le echara una mano, esta vez para desplazarme a casa de un familiar común a fin de cargar un cactus gigante al coche para luego transportarlo a su casa. Menuda hijaputez, me dije. No pude evitar espetarle que me parecía uno de los favores más memos, estériles y absurdos que me habían pedido jamás así que no tuve ningún reparo en comunicarle de inmediato mi más rotunda negación a prestarle el servicio requerido.

En definitiva, queridos “amigos”, no contéis conmigo para este tipo de putadas y antes de pedírselo a los demás reflexionad acerca de ello si no queréis quedaros más solos que la una. El servilismo se acabó con la desaparición de los señores feudales.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Estrella dice:

    Soy snob. Pero prefereixo Parsifal, així que dec ser snob al cuadrado.

    1. Al Fenici dice:

      En a mi Parsifal també m’agrada.

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