Una Historia Familiar…1

La maleta estaba encerreda en el desván: con sus pasaportes, sus dolares, la pistola, las granadas, y esos legajos llenos de coordenadas y anotaciones. Todo estaba intacto. Una gran maleta de cuero, cerrada a cal y canto con una cerradura que no duró ni tres segundos en mis manos.

René habia desaparecido 65 años antes, nadie sabia donde, aunque todos sabiamos porqué; se habia presentado en casa de Marga, su hermana, con poco más que la maleta, un gorro de lana y sus tremendas y fuertes manos, listas pra acariciar, y prestas a matar. Habia subido las escaleras sin hablar con nadie, y luego bajó, solo, con su arma reglamentaria del Ejercito de la República, unos papeles importantes segun él, y nada más. Se sentó, y mirando a los ojos a su hermana le dijo entre sonrisas complices y esa amplia sonrisa que algún dia, esa maleta les sacaria a él y a su grupo de Maquis, de muchos problemas.

Marga, siempre escuchaba con cariño a su hermano el menor: era pasión pura, casi, casi, un torrente de vida interminable; idealista, fuerte, un poco soñador, tremendamente seductor. Un encantador de serpientes con la misma capacidad para matar a un hombre que la de besar a una mujer.

Aquella familia no lo habia tenido fácil: padres soñadores e hijos de un sistema extraño, barriobajeros y portuarios, hasta que la guerra estalló, no tuvieron ni una oportunidad para destacar. Una, Remedios, miembro del Partido Comunista y amante de la Opera, se conviertió en correo para la columna de montañeros del Valle de Arán. Su trabajo era transmitir las ordenes al comandante en jefe. Marga, la mayor, nunca destacó en nada y todos recalaban en ella como un puerto seguro: casada con un francés que trabajaba en la Poste y se trabajaba a la mujer del panadero de noche, vivia tranquila y atenta cerca de la frontera que la separaba de sus hermanos. René, musculoso y tremendo, abrazó desde el principio un camino complcado, lleno de corruptelas y luchas, trampeando entre comunistas y anarquistas y sobretodo, por la libertad. René, viviendo al son de la música, dominaba el arte de las relaciones, de los extranjeros sin interés, y de la información comprometida.

Relacionado con la Generalitat en peligro, las facciones de izquierda, y Andorra, René se dedicaba a entrar y sacar a espias, gente adinerada, a catalanes cobardes o capitales que circulaban sin ton ni són pero con destinos claros. René, conocido como el rubio en los antros más subversivos de la ciudad condal, habia juntado con tranquilidad un grupo aséptico y efectivo, que desarrollaba actividades entre Barcelona, la frontera, Andorra y el alto Aragón. Un grupo formado por aquella gente de barrio, maleantes de tres al cuarto, que sin saber porque abrazaron los ideales de René, poco claros pero efectivos: los del todo vale, pero con amor.

Aquella noche René, la pistola reglamentaria en la mesa, el salvoconducto de la “generalitat al Exili”, un pasaporte belga y una sonrisa para Marga, le contó, entre un vaso de vino malo y un poco de carne picada y negra, que la vida les iba a cambiar y que aquella maleta, era, su solución.

René, una madrugada de febrero, terminó su chato con los ojos encendidos, le habló de Helena a su hermana, cargó el revolver antes de enfundarlo en el cinto, cerró su gabardina, y besó a su hermana mayor en la mejilla. Salió de madrugada entre las brumas de ese pueblo francés y la esperanza de un mundo muevo, mientras Marga, olvidaba la maleta y lo imaginaba muerto en una cuneta como muchos, con el cigarrillo apenas apagado en la boca, y la mano aún tibia aferrada a la empuñadura de la pistola reglamentaria.

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