Deja de Leer, no quiero champán…

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Estas en la fila 12, justo tras las de emergencia, lees. De hecho no paras de leer. Estas detrás de la barra ofreciéndome champán, ofreces, no paras de ofrecer. Te miro, y sinuosamente te desplazas. Te miro, y, sin ni siquiera mover tu mirada pasas una página con una sonrisa hastiada. Me quieres en el 12c, y este vuelo, largo y tedioso, nos ha juntado, como una copa de champán que no quiero o esa sonrisa, vertical y tendenciosa que siempre me ofreces sin descanso. No te conozco, y mientras algún agorero milenarista me habla de posesiones infernales, tus ojos me dicen que quieres leerme, o que lees para no tocarme. O que no quieres que me duerma, o que me despierte poseído.

El champán me recuerda a la nicotina, y el sexo me lleva a tí. Porque no hay más allá de tus labios y tu pelo castaño que mis labios en tu pecho y tus ansias de leer en los momentos muertos o en los pasos perdidos.

Y poco a poco como sin saberlo, deslizo mis cascos, para sentir, solo, por un breve instante, tu respiración. No puedo evitarlo y sin saber como, una de mis manos se desliza hacia ti, poseída por un rumbo conocido y una misión exacta.

No, no quiero una copa de champán, en todos y cada uno de aquellos momentos en que no estas con otro.

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Sigues leyendo, me miras y, sin venir a cuento, tus manos se esconden bajo de esa manta que cubre los 12 derecha, no hay nadie. Tienes ventana, tengo pasillo, y, entre nosotros solo un espacio llamado B, que podría bien ser “our B-side of life”. Tu mirada altruista me invita, y yo, no quiero más champán, solo deseo permanecer a 10.000 pies del mundo sumido entre tu espesura y mi delirio, o entre tus manos y mi posesión.

Cuatro palabras, no más, pero una vida en común. Como una tónica con gyn, o una María sin sangrar. Donde estás, cuando ya solo me queda a mí seguir tus pasos en la arena marcada. Como bien dicen tus poros, meter la boca en la llaga, echar sal en la herida y chupar el dolor hasta la amargura.

Nos queda este avión y nos queda tu casa, siempre compartida, siempre con miedo, con sudor de invierno, y ausencias de primavera.

Nos quedan tantas cosas por hacer y no queda nada más que un atardecer con nubes para saber que ni te escribo ni me lees, y que seguramente el ritmo frenético de mis caderas mejoraría con el champán.

Si un dia me ves cierra tu libro que yo dejaré de escuchar al milenarista de turno, para poder mirarte a los ojos y descubrir lo bien que se vive estando equivocado.

 

No quiero champán, no quiero ni la copa, ya sabes lo que quiero.

 

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