Mis últimas tardes con Teresa

Siempre que hace calor, o que empieza a notarse, cuando la canícula me toma de la mano y me dice, -Ves Al, las nenis en bikini, la playa empapelada de cuerpos sudorosos, y la ciudad vacía. En ese preciso instante, siempre, o casi siempre, me acuerdo de mi amiga Teresa, rubia, con su descapotable blanco, y su pañuelo enrollado en el cuello como una invitación a desenrollarlo en la cama.

Me viene como un atasco mental, una papilopia, y tengo que confesar que se me entrecorta la respiración, cuando dejo mis parpados caer, para sentir así, sin más impedimento que mi propia imaginación, sus piernas torneadas y su “savoir faire”.

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Me apasiona, le dedico unas tardes a mi Teresa, a escondidas de mi mujer y de cualquier otro que desee ser Al por unos instantes que se convertirían en preciosos para toda su vida.

 

Nunca me ha quedado claro si ha sido mi alma rockera o ese ligero tufo al Guinardó que desprendo cuando me coloco con un par o tres docenas de cervezas, o simplemente que soy un freaky empedernido, y, que sin remediarlo, dejé algo más que vómitos y alcohol pegado en las calles de mi barrio de siempre, Gracia. Teresa, sin ton ni son, me persigue como una esponja de sexo y desempeño, de cuestionamiento y seducción, y, es que sin quererlo, ella, en esa tapa, y con todas sus letras se quedo tatuada como un “dejà vue”· en mi piel desgarrada por tanta aventura trapera y sin sentido durante esos largos años de perdición, donde compartí contenedores con mi amigo David, petas, risas y besos con mi novia Susagna, y un sin fin de peleas cutres y callejeras con todos y cada uno de los pijoapartes que se atrevieron en su justa medida a cruzarse solo por una vez y sin temple, con un “trinxeraire” (como decía mi madre) como yo.

 

Tengo que reconocer que a mi, junto a ella durante esas tardes larguísimas de verano, todo se me ponía duro. Me imaginaba en su coche o entrando a escondidas en su habitación. No había nadie en casa y mi familia había emprendido ya su repetitivo exilio estival en Alella, era un puto lujo quedarse desde los 16 entre esas paredes im-máculas de nuestro pisito del Ensanche Barcelonés, y es que casi 350 metros de casa en planta daban para mucha fiesta desenfrenada y mucha leyenda urbana.

Las lecturas veraniegas se desarrollaban ininterrumpidamente durante el día, y, al atardecer, la jodida llamada de la selva nos ponía firmes a todos, y salíamos sin reparos a cazar o a fornicar como si no hubiera mañana, a ritmo del Loco o simplemente al de cualquiera que sonase en la aún no prostituida plaza del sol, hoy simplemente, un albergue de squaters de tres al cuarto y pordioseros de menos de treinta tacos.

teresa2Os parecerá un canto a ese pasado que siempre fue mejor… pero no, solo hay que tener en cuenta que el sexo era más civilizado, la cerveza más barata y las drogas mucho menos sintéticas que las de ahora, y que de largo, los veranos en la ciudad, y esas tardes con mi Teresa, tenían mucho más de solitarias en cuanto a lo urbano, y eran mucho más salvajes en cuanto a la improvisación, que los olores que desprende casi en el mes de julio la parada de metro de Fontana de la línea 3; porque hay algo que de largo diferenciaba a la gente, y que los hacia pertenecer a otra casta, y no hubo nunca una mejor preparada, más currada y mejor taimada, que aquella que decidía quedar, en el bar de la Lola cerca de la plaza Joanic. Nadie acabo follando con su hija y todos aprendimos de ella, que lo bueno hay que respetarlo hasta el final, y que a partir de allí, ni las fresas son helado ni los helados platos de buen comer.

Teresa, como muchos otros mitos, fue cayendo en un olvido casi perpetuo, hasta que hoy, sin aún entender como, ha caído en mis manos de nuevo como diciendo recuerda de donde vienes.

Por mucho que fuera un pijo, me sentí siempre del Guinardó, lo hice casi todo, allí, por primer vez, y si algo recuerdo que fue Biblia ese verano, fueron mis “Últimas tardes con Teresa”.

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