Quaderns d’estiu: La Casa del Sr.Strunk

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Me llevaré una piedra, otra más de las muchas que ya llenan mi jardín en Alella. Son piedras que escondo en sitios particulares: la esquina esa, la tumba de Ona, mi gata, o simplemente la mesa de la terraza sur, donde tantas veces me siento a escribir, a leer o simplemente a sentir como se pone el sol en mi piel.

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Supongo que llevarme piedras de la casa del Sr.Strunk es mi manera de pensar que no me acabo de ir nunca, de que quizás habré de volver algún día y devolverlas todas, de golpe, porque sea esa si, la última vez que pase unos días de descanso o de febril actividad entre sus muros antiguos, bajo sus arboles, siempre agrestes. Cada año, al llegar pienso que debería haberme traído la hamaca. Pero no lo hago. Cada año al irme creo que no debería volver. Forma parte ya de nuestro imaginario familiar y aunque él no lo sepa, pertenece ya a todas las conversaciones que tenemos y tendremos desde la primera vez que nos conocimos hasta el último día que nos veamos, y luego, ya mayores, cuando de él solo quede su ceniza, y de nosotros poco más, será, ese hombrecillo saltarín que nos alquilaba la casa de Mallorca, ese palacete con un gato negro que siempre parecía demasiado flaco, y con unas ranas petrificadas, conversando entorno a un tronco de palmera castrado, pero presente.

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Los vientos, las iras, las desidias de cada uno se pueden llevar muchas cosas, pero los recuerdos de esos veranos, cuando los chicos descubrían la lectura, los italianos habrían restaurantes en Artà, y las partidas de cartas se eternizaban en disputas parricidas y fratricidas, se quedan allí.

Muy a menudo me sorprendo a mi mismo, aferrado a una de esas piedras que Jochen nunca echaría en falta y que para mi son anclas vitales, nadando en su piscina de un azul tan tópico, tan oscuro y estival que de noche da miedo meterse. Cuando hice la de casa dije: de ese color no! por favor. Y cuando escribo, sentado en la mesa del borde, pienso que todas las piscinas del mundo deberían de ser como esa.

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La casa parece anclada en un momento preciso de la vida de su dueño, el la ha dejado, parece que a propósito, vive en otra parte, tengo la sensación que en cualquier momento saldrá uno de sus niños, (ya mayores hoy) de alguna esquina, de detrás de la puerta que va de la cocina al salón, o bajando una escalera. O será él, 30 años más joven celebrando quizás un cumpleaños. Pero la casa esta sola, o arrinconada en algún momento impreciso del calendario de cada uno. Creo que la mira con tristeza, o tal vez, ve en ella demasiadas cosas que no quiere ver, como esa vida solitaria que le ha tocado vivir, porque alguien más decidió fondear como la casa en un espacio de memoria donde ya es imposible llegar.

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Para mi es tristeza y felicidad, es olvido y presencia, es el saber que el sueño existe, que era posible, que aún lo es, pero también el mensaje claro que quizás quieras que nunca llegue el momento.

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El viento habla a través de las hojas de la única palmera que queda, es una brisa como ausente, sorda, te fagocita sin que tu lo sepas, se adueña del sonido, para persistir luego para siempre, como un beso, o el tacto de tu primer hijo, o la mirada de ese perro que siempre fue tuyo. Esas cosas que cerrando los ojos uno puede volver a sentir, tocar, ver.

La casa del Sr.Strunk es donde nadie quiere volver. No quieres volver a pisarla tras haberlo hecho una vez, da miedo. No la casa, volver. Te hace sentir tan y tan vivo, tan sumamente cerca de Dios, que la posibilidad de morir es simplemente algo que se hace real.

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Algún día, quizás viejo o marchito, o quizás joven, como ahora, sintiéndome cerca de una muerte segura, cerraré mis párpados, pausadamente como todo lo que pasa aquí, y sentiré el piso irregular de las baldosas bien puestas del jardín en mis pies, calientes, oiré la conversación de las ranas de piedra, y me envolveré con el manto de estrellas que se me ofrecen desde sus terrazas, a mi, cada noche. Ese día, con los ojos serenamente lacrados por la muerte, veré a mis hijos deambulando por la línea crepuscular de la tarde, hablando, encontrándose como adultos con cuerpo de niño con esos recuerdos que se llevarán puestos de nuevo un año más tras los días en que Jochen nos presta su casa.

Me pregunto como debe ser convertirse en el protagonista de los recuerdos de tantos; o es la casa, o es uno mismo y lo que todos aportamos a ella.

Esta casa, tan sola, tan tristemente sola, atada a un tiempo que ya no es tiempo, como los días del Sr.Strunk, anclado a la fuerza a una realidad quizás indeseable pero leal, revive en mi y espero que en los míos unos días, para incrustarse como un parasito, una aporía trascendente y correcta que o nos ayuda a morir, o nos hace revivir, o nos empuja a la vida. Quizás sea esta la definición exacta de la casa de Jochen.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Al Fenici dice:

    Reblogueó esto en Al Feniciy comentado:

    Tinc tantes ganes de tornar-hi…

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