Pañuelo rojo, dias de paz.

el

8 de agosto, llueve, Serrano de fondo. He dejado Velho Mar aparte, la acabo de regalar, a veces pienso que le debo canciones a alguien, siempre espero que se las lleven, que vivan con ellas una noche. Regalo Velho Mar de Guillem Roma a Meri, y me ato a Serrano. Llueve. Y ella decide pasearse en alguna alameda húmeda.

Tengo un par de citas pendientes, me esperan en un banco de iglesia, el quinto por la izquierda. La soledad deja de embargarme y me acompaña, el repiqueteo de las gotas parecen uñas impacientes, y veo los bancos blancos, recién pintados, dejar en las piedras de las terrazas un ligero manto láctico, pintarlos era necesario. Hacerlo hoy quizás no. Si querías sopa, tres platos. Será una mañana totalmente nueva, como una de esas camisetas que uno se pone una vez, solo por probar y luego, descubre que quizás le va bien, demasiado bien. Un pañuelo rojo, al cuello, de incógnito, silencio. Será quizás como abrir la puerta del Cuarto bastante tiempo después.

Los recuerdos se agolpan todos de golpe cuando uno esta solo. Hoy contaba los años que tiene esta casa, casi 40, o los cumplirá el año que viene. Resulta infernal sentirse tan atado a estos arboles, tan responsable, tan seguro que uno quiere que al morir, parezca que no estuvo aquí.

Estar solo demasiado en puerto, como un barco varado, es extenuante.

Algunos pensarán que siempre estoy solo: aviones, aeropuertos, reuniones insípidas, hoteles, siempre solo. Y todo aquello que me envuelve? La Gran Mentira.

Pero lejos.

Esa es la clave.

Una vez solo en puerto, en aguas familiares, como un barco preparado para ser carcomido por el óxido, allí empieza la verdadera carrera, el verdadero momento para sobrevivir como ser, único e individual. Ese instante en que: o eres piedra o simplemente eres.

Descubrirse hablando con los perros tiene algo de familiar, siempre uno acaba hablando con alguien, y afortunadamente hoy, es un ser vivo. Alguien tendría que haber dejado alguna botella de Johnny Walker, o alguna botella de tequila. Acabaría en Garibaldi, escuchando a los mariachis, pensando en esa automática que abandoné en el Salón Tenampa, antes de que fuera demasiado tarde, si no fuera que esa vida me queda ya muy lejos, como alguno de esos cadáveres que en ella residen. En el fondo y sin lugar a dudas, no hay que echar de menos aquellos tequilas del pasado. Vivir con el vello erizado constantemente, y las maletas hechas era…. complicado.

Uno se quedaba mirando como la coartada se construía sola, se repasaban los lugares, las calles, todo estaba limpio. Subías al avión y de nuevo eras alguien que vendía algo, mientras tus uñas y piel estaban impregnadas de una pólvora sintética igual a la que se podía encontrar en el agujero del cráneo de cualquier cadáver. Ha sido tan fácil ser ese tipo normal.

Espero intranquilo ese pañuelo rojo en el cuello, esa señal. Cambiará mucho esta vida? Nos estarán vigilando? Será posible escapar como en Garibaldi? Insurgentes y el taxi fueron cosas fáciles, pero nadie comprobó, ni limpió nada, luego.

Me hago viejo para según que trabajos, nunca me gustó la sangre, y, últimamente, los trabajos limpios no están muy de moda.

Me duele el hombro, Jacques me dijo que el percutor de la Sigma estaba limpio, pero se encasquilló, y Cagliari pasó de ser un trabajo limpio, a una carnicería.

Nota mental, no volver a comprar silenciador y herramienta en el mismo sitio, aunque la agencia lo recomiende.

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