La ventana independentista se cierra?

Nadie duda de la trascendencia de las próximas elecciones catalanas. El carácter plebiscitario que le han dado las fuerzas independentistas, que concurran al menos tres coaliciones o partidos nuevos – Junts pel Si, Cataluña Si Se Puede y Unió –, el cambio en todos los cabezas de cartel – sólo el actual President se postula, cosa inédita, sin ser cabeza de lista– y su cercanía con las Elecciones Generales han hecho que estas sean algo más que unas elecciones autonómicas ordinarias.

Hasta ahora hemos ido un poco a ciegas pero ya empiezan a llegar los primeros sondeos – aquí Lluis Orriols los disecciona – y en general todos coinciden; Junts pel Si y la CUP podrían tener o quedarse cerca de la mayoría absoluta de escaños en el Parlament. Aunque yo no daría por descontado que la CUP vaya a investir a Artur Mas como President, en todo caso habría un gobierno independentista en Cataluña con una hoja de ruta muy clara hacia la secesión.

Un elemento clave para entender esta ventaja inicial en las encuestas es que la movilización en el campo independentista es claramente superior a la de los “no plebiscitarios”. En ciencia política se ha hablado mucho del abstencionista diferencial, del catalán que sólo vota en las Generales, pero en 2012 quedó enterrado cuando la participación llegó a ser superior a la del Congreso. Por lo tanto, habrá que ser prudente porque la polarización puede llevarnos a participación semejante. Además, es posible que la movilización del campo no independentista vaya a ser más tardía, con lo que la campaña electoral podría ser decisiva. No en vano arranca un 11 de septiembre y las elecciones son el puente de la Mercè, con un puñado de barceloneses fuera de casa.

Esta importante movilización y fuerza de los independentistas, que rondarían la absoluta en el Parlament, coexiste con una curiosa paradoja. Según indica tanto el CEO como el CIS ha caído de manera importante el apoyo a la independencia en Cataluña. Este hecho podría apuntar algunas pistas interesantes.

Con frecuencia se comenta que la independencia es una cuestión de identidades, con un componente étnico muy marcado. No cabe duda de que una identidad exclusiva de “sólo español” o más “solo catalán” predice bien el posible voto en un referéndum independentista. Sin embargo, no hemos visto una transformación importante en las identidades desde la última década y la mayoría de ellas siguen siendo mixtas. Por lo tanto no parece fundado pensar que sea (principalmente) un cambio en el sentimiento de pertenencia nacional lo que explique ni el auge del independentismo desde 2006 ni su caída más reciente. Parece que son más bien razones de coyuntura política las que están detrás.

Si se revisa la serie histórica el apoyo a la independencia, ésta comienza a crecer con la crisis económica, la cual llega algo antes de la sentencia del Estatut. Este último es un hito y actúa como punto focal por su valor simbólico. Por supuesto, el tema material o sustantivo de la propia sentencia es lo de menos (el cual en profundidad y alcance es discutible) sino el hecho de que los actores políticos catalanes lo consideran la vulneración de un pacto y viran en sus posicionamientos. En cualquier caso, aunque todo interaccione, cuando el apoyo a la independencia crece de manera exponencial es con la entrada del Partido Popular en el gobierno y el periodo más duro de ajustes. Es entonces cuando el independentismo toca techo en un curioso paralelismo con el independentismo escocés y los gobiernos tories.

Parece que si ahora esta preferencia recula parcialmente es porque algunos de los factores anteriores están o podrían estar en retirada. Probablemente la emergencia de nuevos actores políticos ha desactivado parte del discurso de que España es irreformable. No por casualidad Podemos sería el partido más votado en Cataluña en las Generales (y no en vano el argumentario independentista insiste mucho en que son lo mismo que PP o PSOE en el tema nacional). Puede que no estar en un momento tan crudo de la crisis haya podido reducir marginalmente la insatisfacción política catalana. Quizá hasta la posibilidad de que el Partido Popular pudiese perder el gobierno en la próxima legislatura podría jugar su papel.

A mi juicio este cambio en las preferencias supone que la ventana de oportunidad del independentismo podría estar cerrándose. Por supuesto es sólo una hipótesis, pero quizá pueda tener fundamento.

Es indudable que hay un sector significativo de independentistas en Cataluña que, al margen de argumentos económicos o de pertenencia a la UE, apostarán sí o sí por la secesión. Sin embargo, quien marca la diferencia en términos de mayorías políticas es el “independentismo instrumental”, un 10-20% de los catalanes que apoyan la independencia como una apuesta para mover el statu quo en España. Sectores sobre todo del entorno de Convergencia y la órbita catalanista del PSC que cambiaron sus preferencias en 2010 tras el fracaso del proceso estatutario. Unos sectores potencialmente volátiles.

Supongamos que en España hay mayorías políticas nuevas a partir de 2016 y un entorno más fragmentado. Su correlato será la apertura de un proceso de reforma constitucional – que al margen de su contenido, ya defienden todos los partidos salvo el PP. Una reforma que se abrirá no porque todos los partidos piensen que hay que hacer una oferta a Cataluña, sino simplemente porque creen que debe reformarse.

Ante esta situación, los actores políticos catalanes lo tendrán difícil para justificar no sentarse en la mesa. El cálculo es que podrán optar por implicarse para intentar conseguir un beneficio inmediato en una potencial reforma o seguir esperando para conseguirlo a futuro con la hipotética independencia unilateral (siempre más difícil que una reforma constitucional). En paralelo, los costes de continuar el proceso seguirán subiendo. Hasta ahora casi todo ha sido coste de oportunidad pero si hay un reto más serio al Estado de un gobierno independentista necesariamente habrá una pérdida neta (incluso aunque sea bilateral, como algunos justifican). La combinación de ambos elementos puede hacer que el “independentismo instrumental” retire su apoyo a la vía rupturista.

Esta hipótesis que formulo queda al margen del resultado electoral del 27s. Tanto si hay gobierno de Junts pel Si como si se repiten elecciones, en breve habrá nuevas mayorías en el Congreso. Por eso era fundamental que las elecciones fuesen ahora. Por eso para el independentismo es clave gobernar. Necesitan que su mandato sea una foto fija de la correlación de preferencias actual, no de la que puede emerger a partir de 2016. Además, desde la Generalitat se puede buscar la vía para intentar alterar la estructura de costes o que descarrile la reforma constitucional subiendo todo lo posible la apuesta (Tampoco le faltarán aliados en actores políticos españoles).

Todos sabemos que los incentivos para negociar hasta ahora han sido escasos. En el corto plazo tanto la candidatura plebiscitaria como el partido en el gobierno central tienen interés en polarizar el debate para mejorar sus perspectivas electorales, uno en las catalanas y el otro en las generales. CDC ya ha atado su suerte a la del proceso para lo bueno (salvar su propia marca y cuadros) y para lo malo (perder el control político de la situación). Mientras, el PP ha esperado a ver si las contradicciones dentro del movimiento acababan por desinflarlo. Tras el 9N parecía que su estrategia podía haber tenido éxito pero la lista unitaria ha hundido esa idea.

La incógnita será quién negociará a partir de ahora porque muchos interlocutores clásicos se han quedado por el camino. A esto no tengo respuesta. Ni los nacionalistas catalanes serán tan decisivos como lo fueron en los gobiernos en minoría del PP o PSOE; ni la extinta CiU ni el PSC tienen la centralidad de la sociedad catalana que tuvieron en el pasado. Seguiremos moviéndonos en terreno incierto hasta que veamos la nueva correlación de fuerzas.

Sin embargo, justamente porque muchos catalanes han visto al independentismo como la única salida para cambiar el statu quo, el horizonte de reforma puede es lo único que puede cambiar su orientación. Un cambio que será complejo pero de cuyo destino depende la derrota política de las tesis secesionistas o que el conflicto se enquiste de manera irremediable.

Publicado en Politikon por Pablo Simón

Politikon**

Nota cansada:

Existen dos relatos particularmente agotadores sobre todo este tema. De un lado, los que dicen que el independentismo es una construcción de unas elites todopoderosas en Cataluña que manipulan a la sociedad. Del otro, los que hablan una sociedad civil vibrante movilizándose por la libertad de un pueblo oprimido. La realidad es más matizada. Ni los partidos son independientes de sus bases y electores ni las preferencias o ideas de estos últimos surgen en el vacío. Conviene tenerlo en cuenta si se quiere entender lo que pasa. Si lo que se quiere es vender munición electoral, entonces para el que la compre.

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