Amistad A+-temporea

Tenia que ser épico, quizás hasta poco estético, pero nuestro viaje, el de mi hijo y el mio a los confines de una Francia cansada, era necesario.

20 años antes, nuestros caminos se habían cruzado en una ciudad aciaga y lluviosa, CAEN, 20 años después, sin que el mundo nos hubiera aun puesto en nuestro sitio, si es que tuviéramos uno, volvía a Normandía, para simplemente “boire un coup” con uno de mis mejores amigos, y el menos revisitado de todos.

Stephan y yo somos amigos. Un milagro de la humanidad que aún hoy no puedo explicar: somos tan distintos que pensamos igual, somos tan iguales que el mundo nos ha hecho distintos.

2 niños, dos mujeres distintas, dos países distintos, dos visiones radicalmente distintas del día a día. Pero un “estas bien”? me ayuda un poco a comprender su transito actual.

Llego a Barcelona y 5 cuadros suyos cuelgan de mis paredes, me gusta como pinta, y me preocupa que no la haga desde hace 10 meses. Pintas? Estoy en ello. Veo su atelier huérfano y me preocupo. Todo bien? Si. Le creo.

Irse al fin del mundo escapando de una Barcelona violenta, maloliente, suicida de tan trendy era una opción y ahora, cerca de un par de caballos esquivos en Agon-Coutainville, sus hijos encuentran la paz, la poca paz, de la que disfrutarán en sus vidas. Sus hijos, y los nuestros.

Cuando vivía cerca, no lo visitaba, odio la ciudad, y además, estaba demasiado ocupado en ocuparme, ahora que lo tengo lejos, creía necesario arrastrar a mi hijo para visitar a uno de mis mejores amigos. Quizás por primera y última vez, quizás no.

Nos despedimos por la mañana, tan temprano que parece indecente, subimos al coche, y nos vamos. Me duele muy dentro de mi. Es una sensación extraña, nos abrazamos y nuestros cuerpos, aprendidos, encajan aún en unos de esos abrazos impenetrables. Aquellos que convierten a luchadores en solo uno, como dos hoplitas perdedores y perdidos en mundos que nunca hubiéramos imaginado.

Mi hijo, de copiloto, me pregunta que pienso y le digo que creo que esta vez creo que el Mont Saint Michel estará embrumado y difícil de ver. Por un momento, un simple instante fugaz, los ojos de un azul etéreo de Stephan me vienen a la cabeza. Espero que no sea difícil volver a verlo.

Porque hemos venido si no podemos ver el Mont Saint Michel? Porque yo quería visitar a uno de mis mejores amigos, hijo, esa si es la octava maravilla del mundo.

Stefan, que tus sueños sean más grandes que tus miedos, y que tus actos sean más fuertes que tus palabras.

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(gracias por ese libro que me regalaste hace 20 años y que aun guardo)

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