La Señora, Señorita.

Un fotograma y una Señora, o Señorita. Una parada de autobús, un carro de la compra, un cabello liso, muy liso. El fotograma se desgrana solo, finales de los 80, principios de los 90, una moto demasiado rápida, un balcón, una casa de campo, calor, aquella Barcelona de las paellas en los chiringos de la Barceloneta con la pasta sacada, con esfuerzo, de una venta más que probablemente ilegal. Me miro al espejo y me reconozco civilizado, como al niño de los lobos que le enseñaron a hablar. Luego vino el resto de una vida….

La señora, existe en el imaginario de todos, y porque no, de todas. Recuerdo el fotograma que era el cartel de la película y te recuerdo a ti casi igual: un piso vacío en el ensanche en verano, unas baldosas recalentadas, poca ropa, mucho morbo y demasiada agua en esa ducha que por mucho que la dejaras correr, en verano, nunca enfriaba suficiente. Me puedes, recuerdas, recordar cuantas horas estuvimos bajo ese chorro minúsculo tu y yo, esa agua con poca presión que casi no mojaba y, que nos hacía dudar de qué era sudor, y qué agua, y qué otras cosas? Cuanto tiempo con las espaldas desnudas apoyadas contra la cerámica blanca de esa ducha espaciosa, tuvimos tiempo de beber, fumar, y rozarnos con despecho.

Maury Persevel

La parada de autobús tiene libros por doquier, aquellos momentos perdidos que pasas leyendo, aquellos pasos cortos, y tranquilos solo vestida con un libro de Rimbaud o Marsé caminando por el pasillo ancho y discreto del piso de la Calle Mallorca 318. El 4º1º al que llegábamos sin soplo muchas noches sin coger un ascensor que despertaba a esa portera quisquillosa y cabrona, la Sra.Africa, que se lo contaría todo a mis padres el Lunes. No cogíamos el ascensor, y nos deslizábamos por las escaleras poco a poco. El portal de los Olé, de los Terraza,y el de la madre que los parió. Pocas veces llegábamos incólumes al gran piso, Recuerdo tus piernas convertirse en un faro, recuerdo que te parabas escalones más altos, tres, y tus pechos me quedaban a la altura de mi boca. Veranos de finales de los 80 principios de los 90, cuando las camisetas cortas se ponían de moda, y aquellos tejanos blancos, que se ensuciaban con solo mirarlos. Llevábamos los zapatos en la mano y seguramente hacíamos el amor antes de poder abrir esa puerta pesada con millones de cerrojos que mis padres ponían en cada acceso de sus casas por temor a un robo que había sucedido 20 años atrás. Y mi madre que siempre preguntaba los martes de donde salian todos esos cabellos rizados que encontraba por todas partes, cabellos que ahora son lisos, muy lisos.

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La parada de autobús se vacía, los niños se van. La señora me impregna entero, y recuerdo caras que nunca he conocido, y bocas que me son familiares. Indiscriminadamente y de manera pausada, casi homicida y premeditada, el carrito de la compra, y un silbido casi ininteligible me lleva a las puertas del coche recordando a “Radio Futura” y a su “Escuela de Calor”. -No des un paso, no des un mal paso-. Ardían las calles, sol de poniente, nos desperezábamos los sábados por la mañana sabiendo que nadie iba a entrar por esa puerta, corríamos desnudos por la casa, y las plantas de los pies se nos ponían negras, volvíamos a la ducha, pasando por la cocina de armarios con puertas de cristal, donde arrasábamos con todas las latas que encontrábamos. Los fines de semana eran duros, silenciosas, y cortos. El ambiente olía a humo y más cosas, y nadie sabia que estábamos allí. Te recuerdo tumbada en esa cama de medidas italianas, preguntándome cosas distintas e inconexas, como si conocía a Ernesto Cardenal, si podía contarte las pecas del cuerpo, o porque siempre insistía en comer pollo a l’Ast el Sábado.

Luego volvíamos a reír y hacíamos el amor en el pasillo, o en el salón, o en la cocina o en aquel espacio secreto y angosto.

La señora es señorita, y yo pienso en aquel cartel, de cuando Teresa empezaba a tomar la medida al afortunadamente muerto Sr.Nicolau.

Todo son experiencias en esta vida, de todo se aprende y todo debería compartirse.

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