Te escribo a tí.

Seamos sinceros, podría haber sido en la terraza del Glaciar o simplemente en cualquier esquina. Hay cosas que los veranos cortan de cuajo, las cosas terminan, aunque no recordemos porque. Dejarnos, fue la parte más fácil de toda la historia, aunque hoy con 25 años más en la espalda pueda parecer la parte más borrosa. Esa, y la noche que empezó no se como y acabó también de alguna manera.

Miraba tu sonrisa el otro día, y en los escombros del pasado, algo resurgió de la nada, porque en ella habían quedado esos espacios que siempre resisten intemperies arrugas y edades, y , sin saber el como ni el porqué, resurgen de la nada como calcetines perdidos en los huecos de los sofás con historias y secretos.

Me resistía a pensar qué iba a encontrar detrás de los espejos que nos obligamos a cruzar cuando nos damos cuenta que vamos de bajada, me helaba pensar que ya no serias nada, nadie, me preocupaba pensar que tu sonrisa se hubiera convertido en una desconocida y que todos aquellos mil recuerdos dulces y uno amargo, se hubieran mudado en recuerdos de otro. Y si, éramos otros. Porque somos otros desconocidos con familiaridades comunes, sin tacto, y con ganas

Estuve a punto de coger tu mano y andar como siempre, un siempre que tantas veces me pregunto si existió o no. Tuvimos que ponernos al día: niños, mujeres, hombres, historias y andenes, tantos andenes que se perdieron sus nombres y se convirtieron en sombras, tantas estaciones y apeaderos, unos sucios otros felices, muchos inexplicables

No pude evitar hacerlo, girarme como siempre para saber de tus andares, ver tus dientes y sentir tu mirada miope quemándome la piel, esa carne con huesos distintos, huesos de un tiempo extraño que mezclaba desafíos miedos y algún que otro deseo, tiempo de sábados o domingos por la tarde en que según tu yo tenia muchas cosas que hacer y a mi me daba miedo llamarte.

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Me pregunto si ha sido la segunda cerveza o cambiar de sitio, pero de golpe, noto que no tengo que fijarme más en ti. Aun no sé si he sido yo o tu, pero todo parece como siempre. Me doy cuenta que tiemblo, que esas tardes eternas son nuestras tardes y que me he perdido demasiados años de tu vida, demasiados momentos que no serán míos, y que mi vida, organizada, torpe, rápida y sin mesura, no tiene mucho que ver con esa chica siempre tranquila que me miraba desde la barra hace ya mucho tiempo. La misma que como el otro día insistía en pagar.

-Escribe sobre mi- , me dices. Hay algo que no atisbo a entender hasta que te veo alejarte por la calle, con prisa. Espero, me descubro otra vez esperando a que gires tu cabeza y me sonrías con tus ojos, mirando tus andares y preguntándome si lo harás o si simplemente volveré a verte o tendré que esperar otros 25 años. Tu no lo sabes pero estuve allí tres segundos, esos tres segundos eternos en que alguien es capaz de cambiar historias, de construir castillos, y morir de quebrantos, y desaparecer en ausencias.

Tu “escríbe sobre mi!”, sonó a “bésame!”. Un bésame pausado, un bésame sin prisas, un bésame extraño mezcla de olvidemos el pasado y no construyas un futuro que nunca tendremos. Un bésame de los que viven presentes y deslizan manos que abrazan locuras y que serenamente desgranan delirios clandestinos y atardeceres con más luz y mas escuela que todas las auroras adolescentes.

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