No debo morir, aún no.

La vida me aprieta como una corbata mal puesta o un garrote vil, y me grita al oído, desgarradoramente, palabras concisas, precisas y preciosas, talismanes y mantras absurdamente simples y sencillos, absurdamente prácticos

Post Mortem de Al Fenici.

En fin, tampoco hay para tanto, como habré sido alcalde ya me habré puesto yo mismo el nombre a una calle, cambiaré el nombre de mi calle y le pondré el mio, y juro y prometo que también habré cambiado el nombre al Gimnasio del pueblo, (antro de perversión y hongos) por el de Gimnasio Andreu Francisco.